30 Oct Recordando a Paramahansa Yogananda. En una entrevista realizada en 1992 (1ª parte) – Daya Mata
Recordando a Paramahansa Yogananda. En una entrevista realizada en 1992, se le plantearon a Sri Daya Mata diversas preguntas sobre la vida y la misión de Paramahansa Yogananda, con motivo del centenario de su nacimiento, ocurrido el 5 de enero de 1993. Sus respuestas fueron publicadas durante 1992 y 1993 en ediciones especiales de la revista de Self-Realization, dedicadas a conmemorar dicho aniversario.
P: En el sentido más sencillo y, a la vez, más profundo, ¿quién fue Paramahansa Yogananda?
R: O, tal vez, debería decir: ¿quién es Paramahansa Yogananda? Era una persona sumamente humilde; no solía hablar mucho de sí mismo. Sin embargo, recuerdo un episodio ocurrido poco antes de que abandonara su cuerpo. En aquella ocasión, estuvo hablándome sobre el futuro de esta obra y sobre cómo continuar con ella una vez que él ya no estuviera físicamente entre nosotros. Mientras se dirigía al porche para realizar sus ejercicios vespertinos (de energización), se detuvo y me miró; entonces —como si él mismo estuviera maravillado ante una sensación interior— dijo con serenidad: «Cuando haya dejado este mundo, el mundo sabrá lo que soy». Recuerdo haber pensado: «¡Qué afirmación tan inusual!». Por lo general, uno habría dicho: «Cuando yo ya no esté, el mundo sabrá, a través de mi vida y mis obras, quién fui». Guruji no se refería a ese impacto histórico, sino a su propia realización de la Conciencia Divina que estaba encarnada en él, la cual es eterna. A lo largo de los muchos años en los que tuve la bendición de estar a su lado, nunca lo vi simplemente como un hombre. Manifestaba ¡tal divinidad!; es la única manera en que puedo describirlo. Desde mi infancia, siempre había pensado que, en algún lugar de este mundo, debían existir personas que amaran a Dios y comulgaran con Él, tal como lo hicieron Jesús y los grandes profetas sobre los que había leído en la Biblia. A menudo me preguntaba: «¿Acaso seres tan elevados solo existieron en la Tierra durante los tiempos bíblicos? ¿Por qué no hoy en día?». Cuando conocí a Paramahansaji, me pareció alguien que había salido directamente de las páginas de las escrituras. ¡Poseía una naturaleza tan llena de amor, tan universal y tan embriagada de Dios! Hacía falta un ser divino como él para llevar a cabo la misión que se le había encomendado: traer a Occidente, y al mundo entero, la ciencia de la comunión con Dios, a la que llamamos Kriya Yoga.
P: En su Autobiografía hay indicios sobre sus logros espirituales en vidas pasadas; sugieren que la preparación para su misión no se limitó a esta existencia, sino que quizás abarcó muchas vidas. Ayúdeme a comprender cómo es posible esto.
R: Si uno comprende la ley de la reencarnación, se da cuenta de que existe un progreso constante del alma, vida tras vida, hasta alcanzar la unión con Dios. Guruji ya había logrado su liberación en Dios mucho antes de su nacimiento como Yogananda. Almas así, por mandato divino, pueden regresar a la Tierra para ayudar a los demás. Desde el momento de su nacimiento en esta vida, Paramahansaji supo que su labor vital estaba guiada por un destino divino. De hecho, su continuidad de conciencia existía incluso antes de nacer; él era consciente de la experiencia de estar confinado en el vientre materno, algo que nos relató en varias ocasiones.
P: ¿Cuál es el origen del Kriya? ¿Se trataba de un nuevo tipo de yoga que él trajo consigo?
R: ¡Oh, no! El Kriya se remonta a tiempos muy lejanos en la historia de las escrituras de la India. Es la técnica regia —o suprema— del Yoga, que consiste en la unión del alma con Dios. El Yoga no es una religión, sino una ciencia desarrollada en la antigua India por los rishis, quienes fueron investigadores científicos del ámbito interior del alma. El principio fundamental es que el ser humano es un ser divino, creado a imagen de Dios, y que el propósito de la vida es realizar —o descubrir— esa divinidad interior. Mediante su percepción divina, los rishis concibieron el cerebro y la columna vertebral como el «árbol de la vida». De los centros vitales y de conciencia situados en el eje cerebroespinal fluyen las energías que nutren todos los nervios y cada parte del cuerpo. Los rishis descubrieron que, mediante el control consciente del flujo de esa energía, el ser humano puede alcanzar la quietud interior necesaria para la comunión con Dios, y también podría acelerar enormemente su evolución espiritual. Si pudiéramos vivir un millón de años en perfecta armonía con las leyes de la naturaleza, el curso natural de la evolución —por el cual transita toda forma de vida— nos llevaría, finalmente, a la Conciencia Cósmica. Pero nadie puede vivir un millón de años; además, muy pocos poseen la sabiduría necesaria para regir sus vidas, sin error, conforme a las leyes físicas y mentales de una existencia recta. Por consiguiente, lo habitual es que avancemos hacia ese estado superior de conciencia con gran lentitud, a lo largo de muchas encarnaciones. Los rishis descubrieron que era posible acelerar dicho progreso haciendo circular la corriente vital a lo largo de la columna vertebral. Este proceso refina y purifica la conciencia, a la vez que magnetiza la columna; lo cual, a su vez, libera la energía y la conciencia de su incesante preocupación por el cuerpo. Al retirar la energía de los músculos y los sentidos, la atención se interioriza —libre de distracciones— y queda absorta en el reino divino que reside en nuestro interior. Así, mediante la percepción directa, comprendemos nuestra unidad inherente con Dios. En esencia, de esto trata el Kriya Yoga. Guruji ofrece una explicación detallada de los principios fundamentales del Kriya en su “Autobiografía de un yogui” y en “La ciencia de la religión”, donde describe por qué constituye la técnica de salvación más eficaz. En una ocasión me dijo: «Aunque en esta vida no hicieras nada más que practicar Kriya, alcanzarías a Dios». ¡Así de grande es! El Kriya es ensalzado tanto en el Bhagavad Guita como en los Yoga Sutras de Patanjali. Tras permanecer perdido durante siglos —en lo que podríamos llamar una «época oscura»—, fue reintroducido en los tiempos modernos por Mahavatar Babaji; su discípulo, Lahiri Mahasaya, fue el primero en enseñarlo abiertamente en nuestra era. Más tarde, Babaji pidió a Swami Sri Yukteswar Giri —discípulo de Lahiri Mahasaya— que formara a Paramahansa Yogananda y lo enviara a Occidente para transmitir al mundo esta técnica, capaz de revelar el alma. Para cumplir esa misión, a petición de su gurú y de Babaji, Paramahansaji fundó su organización, Self-Realization Fellowship, a la que se refería como «la colmena organizativa que alberga la miel divina para todos los buscadores de la Verdad que tienen hambre de ella». Para mí, parte del misterio y el encanto de la historia de la vida y la obra de Paramahansaji reside en el profundo sentido de la tradición —el linaje que, a lo largo de generaciones, se transmite de gurú a discípulo— que sustentaba su misión. ¿Cómo describir este legado de iluminación o sabiduría, que parece trascender el tiempo? Es el sello distintivo de la India. Paramahansaji solía decirnos: «Del mismo modo que Estados Unidos y el mundo occidental se han centrado principalmente en la prosperidad, el crecimiento y la comprensión de lo externo, la India, a lo largo de eones, ha desarrollado la ciencia del alma». Esa ciencia se expone en todas sus grandes escrituras; a veces de forma directa, pero a menudo mediante alegorías. Desde mucho antes de la época de Cristo, estas escrituras no se ponían por escrito, sino que se transmitían oralmente de maestro a discípulo. El cultivo y la preservación de esta sabiduría han constituido la esencia misma de la civilización india. Es una tierra de culturas y creencias diversas, pero con un enfoque primordial en la espiritualidad. Su tradición de dar lugar a personas sabias y santas explica por qué muchos buscadores sinceros de Dios se han sentido atraídos hacia la India. Se dice que el propio Jesús estuvo allí durante parte de los «años desconocidos», de los cuales la Biblia no menciona nada. En 1959, hablé sobre este tema con uno de los grandes líderes espirituales de la India, Su Santidad Sri Bharati Krishna Tirtha, el Shankaracharya de Puri. Le comenté que Guruji nos había dicho en varias ocasiones que Cristo pasó parte de su vida en la India, en contacto con sus sabios iluminados. Su Santidad respondió: «Es cierto. He estudiado antiguos registros en los archivos del templo de Jagannath, en Puri, que confirman estos hechos. Se le conocía como «Isha» y, durante parte de su estancia en la India, residió en el templo de Jagannath. Al regresar a su parte del mundo, expuso las enseñanzas que hoy conocemos como cristianismo». De hecho, presentar al mundo la unidad subyacente entre las enseñanzas de Cristo y la ciencia antigua del yoga, tal como lo enseñó Krishna, constituye un aspecto fundamental de la tarea que Mahavatar Babaji encomendó a Paramahansaji. Guruji nos explicó que la esencia de la enseñanza de Cristo —«Ama a Dios con todo tu corazón, tu mente, tu alma y tus fuerzas»— es el principio yóguico al que acabamos de referirnos en relación con el Kriya, la ciencia de la comunión con Dios que representó la culminación de los antiguos logros de la India. Fue Guruji quien, elegido por su gurú y sus paramgurús, recibió el encargo de difundir esta ciencia práctica a escala mundial.
P: Mahavatar Babaji es una figura misteriosa. ¿Podría contarnos algo más sobre él?
R: ¡Es un tema sumamente profundo! Más allá de lo que Guruji escribió en su Autobiografía, puedo compartir algo basado en mi propia experiencia: una vivencia que tuve durante una peregrinación a una cueva en las estribaciones del Himalaya, donde, según se dice, residió Babaji durante un tiempo. Ya he relatado esta historia anteriormente; pero permítanme decir unas palabras sobre su labor en este mundo, ya que forma parte de la misión de Paramahansaji. La noche previa a nuestra llegada a la cueva de Babaji, mis compañeros y yo nos alojábamos en una pequeña casa de huéspedes gubernamental, situada en las estribaciones. En plena noche, tuve una visión supraconsciente: vi una inmensa nube negra de maldad que se extendía sobre la Tierra, con aterradores tentáculos de oscuridad que crecían y, poco a poco, iban envolviendo cada vez más partes del mundo. Quedé tan impactada que lancé un grito; fue como contemplar el infierno o la fuerza satánica descrita por algunos místicos católicos. Entonces, al instante siguiente, surgió con una fuerza tremenda, una luz maravillosamente resplandeciente que apartó aquellas nubes amenazantes. Era como si la Luz estuviera combatiendo el mal, proclamando: «¡No vencerás al mundo! ¡Yo triunfaré!». Y supe que aquella era la luz de Dios, destinada a abrazar al mundo entero. A la mañana siguiente, mis compañeros me preguntaron: «¿Qué te ocurrió anoche? Te oímos gritar». Dije: «En realidad, no quiero hablar de ello. Pero vi lo que va a suceder en el mundo. Vamos a atravesar periodos muy oscuros en el progreso de la humanidad». Por esa experiencia, supe que una poderosa fuerza del mal intentaría sumergir a la Tierra en la ignorancia y la falta de armonía, producto de la degeneración de todo lo que es noble y divino. Miren a su alrededor: esto es exactamente lo que está ocurriendo hoy. Sin embargo, lo que vi al final de esa visión me llena de una gran esperanza: las fuerzas del amor de Dios, las fuerzas de la bondad y la pureza, terminarán prevaleciendo. La amenaza a la que se enfrenta el mundo será superada a medida que la humanidad regrese a Dios y a sus leyes. Menciono esto porque la labor de Self-Realization Fellowship —que Mahavatar Babaji pidió a nuestro Gurú que emprendiera— desempeña un papel vital para ayudar al mundo a superar esta época de crisis espiritual. No quiero decir que Self-Realization Fellowship sea el único camino hacia Dios; no creemos eso. Respetamos a todos aquellos que hacen el bien en este mundo. Pero sí sabemos que estas enseñanzas del Kriya Yoga tienen una función especial: reintroducir los principios eternos de la verdad y los medios para establecer un vínculo personal y directo con Dios. El ser humano debe abandonar la idea de que basta con tener ciertas creencias para satisfacer sus necesidades espirituales. Lo importante es que apliquemos esas creencias en nuestra vida. No basta con sentarse a orar, ni con confesar nuestros pecados, ni con asistir regularmente a una iglesia, templo o mezquita, o leer las sagradas escrituras. Para revertir su declive espiritual, nuestro mundo necesita una comunión real con lo Divino. Eso es lo que eleva a la religión por encima de los dogmas y los rituales externos. Necesitamos conocer a Dios como parte de nuestra experiencia personal cotidiana. Ese es el núcleo de lo que enseña SRF. Paramahansaji aportó al mundo una comprensión más profunda de la universalidad de la religión —no entendida como una mezcla ecléctica y desordenada de creencias, sino como una unidad subyacente y una hermandad en nuestro Creador común—. Dios es uno, la Verdad es una, aunque pueda exponerse desde muchos puntos de vista diferentes. El problema es que, a partir de estas diversas perspectivas, han surgido posturas tan firmes debido a dogmas y opiniones intolerantes, en muchas partes del mundo la religión se ha convertido en una fuente de conflicto en lugar de unidad. Al hablar con diversas personas que conocieron a Paramahansaji, un aspecto que resalta constantemente es su universalidad. Parecía tener la capacidad de hacer sentir a cada persona que conocía que era importante para él a nivel personal.
P: ¿Podría decir algo al respecto?
R: ¡Oh, sí! El Maestro sentía un interés profundo por cada ser humano que se cruzaba en su camino. Dedicaba tiempo a las personas. Y, debo confesar, ¡a veces esto causaba preocupación entre quienes nos encargábamos de organizar sus citas! Pero él nunca daba a entender que tuviera prisa; estaba dispuesto a brindarles toda la atención que parecieran necesitar. En su naturaleza estaba arraigado un profundo deseo de servir a los demás, de aliviar cualquier problema o sufrimiento por el que estuvieran pasando. Tengo entendido que una mujer que vive a solo dos manzanas del Centro Madre de Self-Realization le contó hace poco a uno de los monjes cómo conoció a Paramahansaji. Fue en 1947 o 1948; ella recorría el vecindario vendiendo un pequeño calendario que había elaborado para recaudar fondos para la asociación de padres y maestros (PTA) de la escuela local de Mt. Washington. Ella no sabía quién era Paramahansaji, ni qué esperar al venir aquí a ofrecer sus artículos. Sin embargo, él mostró un interés tan amable por su proyecto que ella quedó completamente cautivada; terminaron conversando durante dos horas y media sobre todo tipo de temas. Él amaba a las personas. No importaba si se trataba del presidente de los Estados Unidos o de un hombre cavando zanjas en la calle; a todos los trataba por igual. Los veía como almas. Recuerdo a un hombre a quien Guruji conoció en un depósito de chatarra, adonde a veces acudía en busca de objetos usados para la construcción de sus ashrams, cuando los materiales escaseaban o resultaban demasiado costosos. El hombre que trabajaba allí quedó fascinado, simplemente sentado y escuchando al Maestro. Guruji no se dedicaba a exponer sus enseñanzas ni a dar un «sermón»; Él percibía cuáles podían ser las necesidades de una persona y decía algo apropiado que lograba, precisamente, el efecto reconfortante necesario. Aunque era algo habitual, siempre nos parecía extraordinario. Por eso, no se relacionaba con los demás tanto como un maestro, sino como un amigo. Así es. Al estar cerca de él, a menudo veía cómo personas totalmente desconocidas se le acercaban para hacerle preguntas. Sin embargo, al poco tiempo, era él quien les hacía preguntas a ellas, interesándose sinceramente por sus vidas y sus problemas. ¡De algún modo, lo sabía todo sobre ellas! Una vez nos dijo: «Cuando conozco a alguien, veo toda la historia de su vida». Al conocer al Maestro por primera vez, uno notaba su mirada fija —no una mirada insistente, sino un resplandor penetrante que emanaba de sus ojos—. Todos los que lo conocieron comentaban este detalle; era como si estuviera leyendo tu propia alma. Al mismo tiempo, había tanta bondad en esa mirada que uno sabía que no estaba juzgando. Uno comprendía que, aunque él viera todos sus defectos y los errores cometidos, le ofrecía un amor incondicional. Cuando hablaba, uno sentía que no se dirigía a la personalidad externa, sino a uno mismo, a su alma. Parecía llegar hasta la esencia misma de cada persona y hacer aflorar las cualidades del alma que residían en su interior. Recuerdo a una mujer que fue a visitarlo; era muy conocida, pero también muy mundana. Después de que ella se marchara, él comentó —algo que nunca antes le había oído decir—: «Qué mujer tan tosca». Pero, incluso con personas así, él siempre se mostraba paciente y comprensivo, y se interesaba por lo que tenían que decir. Tenía la habilidad de hacer que se abrieran y, luego, de elevar la conversación a un plano superior. Lo hacía de una manera tan natural que sus invitados se marchaban inspirados, pensando: «¡Qué hombre tan maravilloso! He recibido algo al estar en su presencia». Esa era la clave de su éxito, ¿verdad? Simplemente amaba a las personas. Sin duda. Su naturaleza era “prem” —amor divino e incondicional—; amor en su sentido más elevado y puro. Y eso es lo que atraía a la gente hacia él.
P: Al hablar de Paramahansa Yogananda, a menudo utilizas la palabra «gurú». ¿Qué significa ese término para ti?
R: Hoy en día, esa palabra se emplea con frecuencia de manera incorrecta en Occidente; sin embargo, creo que la forma más sencilla de explicarla es esta: si deseas sobresalir en un arte o ciencia en particular, no desarrollas la capacidad necesaria simplemente leyendo libros; acudes a aprender de alguien que ha alcanzado la maestría en ese campo. Si quieres ser violinista de concierto, buscas a un virtuoso para que te instruya. Si quieres ser cirujano, observas y estudias la destreza de un cirujano experto. Del mismo modo, si buscas la realización de Dios, recurres a un maestro que conozca este ámbito por experiencia propia: un gurú, alguien cualificado para guiar a otros en el camino hacia Dios porque él mismo ha alcanzado la Meta Divina. Al seguirle, tú también puedes lograr esa realización. Visto desde esta perspectiva, el concepto parece bastante sencillo. ¡Y lo es! A algunas personas, especialmente en Occidente, les resulta difícil comprender la relación entre gurú y discípulo, pues tienen la impresión de que implica el culto a la personalidad. Lo que se requiere es amor a Dios, no la adoración de un ser humano. Permíteme explicarlo así: todas las religiones reconocen que la fuerza más poderosa en el mundo es el amor; nadie ha encontrado jamás a Dios sin devoción o amor hacia Él. Puede comenzar, sencillamente, como un deseo de algo que trascienda los pesares y los placeres efímeros de este drama terrenal. Luego, a medida que uno empieza a buscar con sinceridad, ese deseo se transforma en la determinación de hallar la paz y la dicha duraderas que, en última instancia, solo provienen de Dios. Es la cualidad de la devoción —la entrega a la búsqueda divina— lo que nos permite perseverar en el camino hacia Él; y es el amor lo que, finalmente, nos une a Él. No obstante, al comienzo de la búsqueda espiritual, resulta muy difícil concebir a Dios —y mucho más sentir devoción por Él— sin el intermediario de algún concepto o forma en la que centrar la atención. Un verdadero gurú —alguien que conoce a Dios— es como una ventana transparente a través de la cual el devoto, en sintonía, puede vislumbrar las cualidades y atributos de Dios, que de otro modo resultarían abstractos. La profunda reverencia hacia el gurú —ese instrumento de la iluminación designado por la Divinidad— acerca al devoto a Dios, gracias a las bendiciones que este experimenta al entrar en contacto con alguien que conoce a Dios. La Biblia relata cómo una mujer, en medio de una multitud, tocó con devoción el manto de Cristo, provocando que una bendición vibratoria emanara de Él. «¿Quién me ha tocado?», preguntó Jesús. «Ha salido virtud de mí». Los santos que conocen a Dios irradian un poderoso magnetismo espiritual; es esto lo que atrae a los devotos. Sin embargo, estos deben esforzarse por lograr la profunda transformación interior necesaria para un auténtico crecimiento espiritual; de lo contrario, toda su atención permanece anclada, de manera superficial, en la personalidad del maestro. Se trata de un error frecuente en el sendero espiritual; lo observo a menudo. Tales personas pierden de vista su verdadero objetivo: la realización de Dios, hacia quien el gurú les señala el camino. Paramahansaji jamás permitía la adoración de la personalidad en aquellos que acudían a él.
Sorry, the comment form is closed at this time.