Fundamento espiritual de la paz mundial (2ª parte) – Por el hermano Anandamoy

Ahora bien, cuando hablo de la instrucción personal del Maestro, por favor, entiendan: no es necesario tener a un gurú físicamente a tu lado para impartir esa formación. Si eres sincero en tu deseo de progresar espiritualmente, y tienes la actitud correcta, verás que la estás recibiendo constantemente. Todo lo que sucede en tu vida —experiencias, circunstancias, eventos o personas que entran en tu vida— es un entrenamiento personal, diseñado para ti por la ley divina del karma, para enseñarte las lecciones espirituales que necesitas. La mayoría de las personas ni siquiera son conscientes de ello, o bien se resisten; pero los discípulos receptivos a la guía visible o invisible de su gurú encuentran su ayuda y bendiciones.

Este no es solo un mundo loco en el que vivimos, ¿saben?; es una escuela donde debemos aprender a conocer lo que realmente somos: almas inmortales dichosas, entretenidas, pero nunca perturbadas por el espectáculo externo.

Una mañana de domingo, hace años, estaba trabajando en la cafetería que teníamos en nuestro Centro Ashram de Hollywood. Normalmente, después del servicio dominical, la gente venía a la cafetería a almorzar, así que teníamos que preparar la comida durante el servicio. Había un estacionamiento justo afuera de la ventana, y vi un auto que entraba, un auto hermoso y flamante. Dos parejas salieron,

vestidas muy elegantes, tan elegantes como su nuevo auto, y entraron al servicio. Nunca los había visto antes, así que probablemente era la primera vez que venían al templo. Luego, unos minutos después, llegó otro auto, un cacharro viejo y destartalado, y el conductor estacionó demasiado cerca del auto nuevo y lo rayó. Luego, esa persona arrancó y se fue.

Cuando los dueños del auto bonito salieron, se veían muy serenos; habían sido inspirados en nuestro servicio dominical. Luego vieron el rasguño. En sus rostros, se podía ver el cambio de un instante al siguiente, ¡su conciencia pasó del cielo al infierno! Se marcharon y nunca más los volvimos a ver. Se perdieron las enseñanzas del Maestro por un rasguño. Con frecuencia nos tomamos las pequeñeces demasiado en serio, nos enojamos tanto, que pasamos por alto lo que es verdaderamente importante en la vida.

Una vez, estando en la India, leí una antigua escritura y encontré algo muy interesante. Decía: «La ecuanimidad es la forma más elevada de devoción». Al principio pensé: «Un momento, eso no suena bien». Después de todo, la ecuanimidad tiene que ver con la mente, y la devoción con los sentimientos. Luego lo reflexioné y me di cuenta: «No, es exactamente así». Si no somos ecuánimes, si no estamos en calma interior, si estamos emocionalmente involucrados en este mundo, nuestra atención se dirige hacia afuera, hacia la dualidad, y no hacia adentro, donde sentimos la presencia de Dios. Ese es uno de los mensajes básicos del Bhagavad Guita. Desde la primera experiencia sensorial que tiene un bebé después de nacer, ese sentimiento egoísta de emocional está operando: «Me gusta esto, no quiero aquello, esto duele» —placer y dolor— y la conciencia de ese bebé se identifica con el cuerpo y la dualidad. En su comentario sobre el Bhagavad Guita, el Maestro dijo: «Los sentimientos egoístas del hombre, que se expresan como gustos y aversiones, son totalmente responsables de la esclavitud del alma al cuerpo y al entorno terrenal». Es así de importante comprender la ecuanimidad.

La misma definición de yoga es: «calmar las olas de la conciencia» —calmar las olas de los sentimientos— es estar en calma. Mediante las técnicas de meditación que el Maestro nos enseñó, eso es precisamente lo que estamos haciendo: retirar la energía y la conciencia hacia nuestro interior, permanecer en quietud, como dice la Biblia: «Aquietaos, y sabed que yo soy Dios»[1]. En esa quietud interior surge la devoción. La devoción no es emoción. La emoción es un sentimiento que se agita y se proyecta hacia afuera; la facultad superior del sentimiento es la devoción, que es serena e interna.

En una de las charlas de Daya Mata en Solo Amor, ella dijo:

“La manera más segura de estar siempre en paz interior es mantener a Dios en nuestros pensamientos durante todo el día, sin importar lo que estemos haciendo, sin importar nuestras tribulaciones internas o experiencias externas… Si el hombre quisiera ser verdadera y duraderamente feliz en este mundo, debe construir una vida espiritual profunda en su interior; debe establecer una relación personal con Dios. Esto es posible mediante la meditación profunda diaria… Y además de meditar, debe invocar mentalmente el nombre de Dios constantemente, a lo largo del día”.

Invocar el nombre de Dios: esto es japa yoga, esto es mantra yoga. Se elige un mantra, o una breve frase devocional o simplemente el nombre de Dios, y se repite. Ahora bien, uno puede repetir el nombre de Dios todo el día, pero eso no traerá ningún progreso espiritual a menos que se realice con anhelo de Dios.Esa es la clave de esta práctica; es lo que trae la relación personal con Dios que Daya Mata dice que debemos tener para estar en paz en este mundo:

«Tus emociones, tus hábitos, lo que crees que son tus derechos, no son tan importantes. Deja que Dios se encargue de ellos. Cuida tu conexión con Dios y Dios cuidará de ti. Ese es el pacto divino entre la Madre y el hijo».

Esta es la actitud del devoto que está centrado en la inquebrantable paz y seguridad de una relación con Dios.

El enfoque espiritual hacia la paz implica algo más que trabajar en nosotros mismos, en nuestra actitud. Del Bhagavad Guita: «El mejor tipo de yogui es aquel que siente por los demás, tanto en el dolor como en la alegría, así como siente por sí mismo». Esto nos da una clave muy importante para difundir la paz en el mundo.

Una vez yo estaba con el Maestro en los terrenos del Centro Madre, y una mujer se le acercó muy alterada, emocionalmente angustiada. No pude evitar escuchar lo que decía mientras desahogaba todos sus problemas. Y pensé: «Lo que está contando no es tan grave; son solo sus emociones las que lo han exagerado todo». Esa era mi actitud; pero no era la del Maestro. Se quedó allí pacientemente, mirándola con la mayor preocupación, como una madre que escucha a su hijo pequeño y consolándola con tanto amor y bondad. Entonces vi: «Ese es el mejor tipo de yogui».

Cuando uno se libera, aunque sea un poco, del ego, encuentra una gran alegría al ayudar a los demás, brindando asistencia material o apoyo emocional. Y hay otra manera de aplicar ese principio del Guita. Es tan simple que un niño pequeño puede aplicarlo, y algunos lo hacen. Así lo describió un santo: «Ora interiormente por cada persona que encuentres. No tiene que ser una oración larga. Simplemente visualiza a esa persona en la luz de Dios y pide: ‘Dios, bendice a esta persona'». Esta sencilla práctica solo requiere una suave aplicación de la voluntad, no más de lo que una persona puede ejercer fácilmente. Se vuelve más fácil a medida que el hábito se consolida. Sin embargo, transforma la vida en un paraíso. Todos adquieren una nueva riqueza —no solo todo, sino todos— y el mundo entero parece teñido de gloria. No sé, por supuesto, lo que los demás piensan de mí; pero la alegría que siento en mi interior no puede ser descrita. Si no existiera ninguna otra recompensa que la que tengo dentro, justificaría con creces la práctica. Hoy he notado que cuando me olvido de los demás, me canso rápidamente, y cuando recuerdo mi propósito y vuelvo a empezar, teniendo presentes a las personas, sean visibles o invisibles, y eso no significa solo…

las personas con las que te encuentras, también puede ser una persona en la que piensas: «Al presentar a las personas, visibles o invisibles, ante Dios, me invade una nueva euforia y desaparece todo el cansancio».

Es una práctica muy sencilla, ¿verdad? El Maestro también nos dijo que lo hiciéramos. A menudo, cuando piensas en alguien, no lo haces con buenos pensamientos, porque te han herido o has tenido un problema con esa persona. Esos pensamientos te arrastran a un estado de conciencia inferior. Pero puedes revertir este proceso con esta práctica de orar por los demás. ¡Hazlo un hábito!

Orar no significa que tengamos que usar muchas palabras. Otro santo dijo: «Cuando oras y no tienes nada que decirle a Dios, sino que simplemente estás ahí con Él, esa es la mejor clase de oración». No siempre tienes que hablar. Simplemente estate presente y entrégate; ofrece tu devoción. Cuando oras por otros, tampoco tienes que hablar. Simplemente mantén a esa persona en la presencia de Dios, en el amor de Dios.

Una última reflexión, que el Maestro recalcó una y otra vez: No te tomes esta vida demasiado en serio; es solo un espectáculo. Afirma constantemente la realidad superior de tu alma y su relación inseparable con Dios. Esto trae ecuanimidad, devoción y verdadera sabiduría. «Solo los necios se toman la vida tan en serio que se lastiman constantemente», dice el Maestro en su comentario del Bhagavad Guita. «Los sabios ven la infancia, la juventud, la vejez, la vida y la muerte como dramas pasajeros; por lo tanto, todo los entretiene… Es solo una parte de un entretenido espectáculo».

Esa comprensión es difícil de alcanzar, ¿verdad? Pero es otra clave para tener paz interior. Y si tenemos paz interior, ni siquiera necesitamos esforzarnos por difundirla; la irradiamos. A quienquiera que entre en nuestra presencia, se la transmitimos automáticamente. Es un don. Y eso ayuda a sentar las bases espirituales para la paz mundial. Así que el espectáculo de Dios continuará, con todas sus dualidades: placer y dolor, vida y muerte, guerra y paz. No hay nada que podamos hacer para cambiar ese hecho fundamental. La verdadera solución es acceder a esa consciencia de la que surge todo el espectáculo. Entonces somos verdaderamente libres; entonces conocemos la verdadera paz: la paz y la alegría inquebrantables que nacen de regresar a esa Conciencia Divina de la que venimos. Ese es el objetivo de todos nosotros. Y es por eso que el Maestro vino a darnos estas enseñanzas y las técnicas de meditación Kriya Yoga, para nuestra propia autorrealización y para la elevación del mundo

[1] Salmo 46:10.

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