EL DR. LEWIS CONTINÚA CONTANDO ALGUNAS HISTORIAS CON EL MAESTRO

EL DR. LEWIS CONTINÚA CONTANDO ALGUNAS HISTORIAS CON EL MAESTRO

El Dr. Lewis continúa contando algunas historias con el Maestro.

En la primavera de 1921, sobre el mes de abril, todos decidimos que nos tomaríamos unos días y viajaríamos por la costa norte de Massachusetts, hasta la casa de verano de la hermana Yogamata, y allí pasaríamos unos días. Aquellos de ustedes que conocen Nueva Inglaterra, se darán cuenta de que en abril la costa norte es muy fría y muy desagradable. Pero fuimos allí, y aunque era una casa de verano, pensamos que podríamos calentarnos haciendo fuego. Y así nos preparamos.

Llegamos allí, y luego, al anochecer, encendimos los fuegos. Recuerdo que el Maestro dijo que nos vio frotándonos las manos y diciendo: «Uuf, uuf, uuf», y se preguntó qué era eso. Pero luego dijo: «Me enteré bien, esa noche», porque nos fuimos a la cama, y ​​él necesitó muchas mantas. Por suerte se metió en la cama con los zapatos congelados y todo. Pero durante la noche, en el intenso frío y la humedad, era evidente que se había estado subiendo las mantas alrededor de la cabeza y el cuello, y fue todo un espectáculo en la mañana ver los pies sobresaliendo por debajo de las mantas. Y recuerdo que dijo entonces: «Ahora comprendo porqué anoche resoplabais diciendo “uuf, uuf, uuf».

El día siguiente fue un día claro y soleado. Pero, como he dicho, en esa época del año todavía hace mucho frío y penetra. Hay un bonito rompeolas que sale de la playa frente a la cabaña en la que nos alojábamos. Y mientras caminábamos de un lado a otro de la playa, el Maestro y yo discutíamos cosas espirituales y hablamos de Dios. De repente vio ese rompeolas, hecho de enormes bloques de granito, y dijo: «Meditemos, doctor. Este es un lugar maravilloso para hacerlo junto al océano».

Así que salimos al rompeolas, nos sentamos y comenzamos a meditar, y a meditar. La marea estaba baja y estábamos a salvo, encima de las rocas. Pero esa fue mi primera experiencia en ese tipo de meditación, especialmente en esas condiciones. Bueno, durante la primera hora no creo que hubiera rocas que pudieran ser más duras que esas rocas. Pero de alguna manera aguanté, diciendo: «si él puede hacerlo, si el Maestro puede sentarse aquí, yo puedo sentarme aquí, y me sentaré aquí, incluso si esto me mata».

Después, como he dicho, de alrededor de una hora, mi cuerpo, por supuesto, se adormeció. Y por la Gracia de Dios y la ayuda del Maestro, pude quedarme allí. Y saben, estuvimos allí cinco horas. Y de repente me “despertó” el Maestro diciendo: «Doctor, Doctor, vámonos. Vámonos de aquí». Las olas estaban subiendo, rompiendo alrededor de esas grandes piedras. Y así salimos de esa insegura situación. Pero, aunque fue todo un calvario, fue una gran bendición, porque por ese esfuerzo que hice, de allí en adelante, la meditación no fue una dificultad. Pero mis esfuerzos se hicieron mucho más fáciles por la perseverancia en esa disciplina. Así que, siempre recordaré las cinco horas en ese rompeolas de Plum Island, Massachusetts.

Poco tiempo después de la llegada del Maestro a Boston, comenzó a dar conferencias dominicales en un pequeño salón cerca de Copley Square conocido como Faelton Hall. Después de sus conferencias dominicales, yo iba a su habitación. Allí me cocinaba pequeños platos, y discutíamos sobre Dios, los grandes Maestros y esas cosas. Y luego, por lo general, venía a nuestra casa y se quedaba durante la semana, hasta la conferencia del jueves por la noche, su clase del jueves por la noche.

Durante esas ocasiones, pasamos muchas noches intercambiando opiniones y escuchando sus maravillosas historias. Esas historias estuvieron siempre en su vida, las cuales luego salieron a la luz en su Autobiografía [de un yogui]. Recuerdo que una noche, un domingo por la noche, había ido a su habitación y él estaba preparando la comida cuando sonó el teléfono. Yo respondí, y era la Sra. Lewis me había llamado para decirme que mi pequeña hija acababa de tener una convulsión, otra convulsión. Yo la había instruido en las cosas necesarias que tenía que hacer en esos casos. Pero ella me llamó y el Maestro sintió que algo andaba mal, porque recuerdo que dijo: «¿Qué pasa, doctor? ¿Qué pasa, doctor?” Bueno, después de hablar con la señora Lewis, colgué y le dije que mi hija había tenido otra convulsión.

Recuerdo cómo cambió su rostro, y simplemente entró detrás de una pequeña mampara, que separaba su departamento de cocina, por así decirlo, del resto de la habitación. Pasaron solo unos momentos antes de que él saliera, con la cara sonriente, y dijo: «No se preocupe, doctor, ella estará bien y nunca volverá a tener otra convulsión». Y recuerdo cómo, esa noche, después de que nosotros terminamos nuestra comida y hablamos un poco, fuimos a mi casa y el Maestro se sentó junto a la cuna de mi hija toda la noche y, por supuesto, nunca ha vuelto a tener esas convulsiones desde entonces.

Así que son estas cosas, y muchas otras más de las que os hablaré, las que me hacen darme cuenta de lo bendecidos que fuimos de tener la presencia del Maestro con nosotros en nuestra propia casa.

Como he dicho, pasamos muchas noches escuchando sus maravillosas palabras y sus experiencias, y retozando por la casa como hermanos, manteniendo a la Sra. Lewis en un estado de ajetreo, que parecía ser justo lo que queríamos. Pero a pesar de todas estas cosas, esa maravillosa reverencia, respeto y devoción que le teníamos nunca se manchó en lo más mínimo. Y el Maestro era nuestro Maestro, a pesar de esa estrecha relación.

Recuerdo una ocasión en que dormí con el Maestro. Me pidió que me acostara con él. Bueno, pensé que estaba bien. Más tarde, recuerdo que me dijo que era uno de los mayores honores que puede tener un discípulo, dormir con su Maestro.

Y así pasaban los días. Entonces empezó a llegar el calor. Y pasamos muchas horas en los días calurosos hablando sobre Dios y los grandes Maestros. Y recuerdo haber bebido la maravillosa limonada del Maestro, que solo él podía hacer de la manera correcta. La limonada, y esos días de estar con él, disfrutando de grandes cantidades de su limonada, ciertamente nunca los podré olvidar.

Al contarles estas historias sobre el Maestro, no quiero dar la impresión de que fuera utilizado – él y sus poderes espirituales, ​​para cobrar, por ejemplo, deudas incobrables. Pero, sin embargo, así sucedió.

Poco antes de conocer al Maestro, apenas unos meses antes, conocí a un caballero y, a través de él, hice algunos negocios con acciones, etc. Aunque quizás no me engañó deliberadamente, sí que quizás aprovechó el hecho de que yo lo había acogido en la familia, y él se había beneficiado de mi buena voluntad. Él utilizó eso para venderme algunos valores que no eran de la mejor clase. Así que, después de algún tiempo, terminó la amistad y él todavía me debía algo de dinero.

Entonces, justo después llegó el Maestro, y al tratar ciertas cosas, dado que él era nuevo en este condado y de una tierra extranjera, le dije una vez: «¿Cómo sé que tal vez usted no es como cierto caballero que vino no hace mucho? Me hice amigo de él, y él se aprovechó de mi amistad. ¿Cómo sé que quizás usted no sea de la misma clase?”.

Bueno, dijo el Maestro: «Por supuesto que tenemos que tener cuidado con estas cosas, pero con un hombre verdaderamente religioso eso no es posible». Y luego le hablé de este caballero y de algunas de las actividades que sucedieron entre nosotros. Y finalmente, él dijo: «Bueno, te diré que eso no fue bueno para ti». Luego él, dijo de repente, nombrando al caballero, (lo llamaremos. Sr. Black), el Maestro dijo: El señor Black está ahora en Lowell, Massachusetts, y si envías a Mildred allí, ella podrá recibir el dinero que te debe”.

Así que envié a la Sra. Lewis al día siguiente. Y encontró al caballero en Lowell. El Maestro le había dado la dirección y ella regresó con el dinero, tal como él había dicho que sucedería. Y, por supuesto, incluso cuando las cosas se consideren a la Luz de la Conciencia Divina, incluso esas cosas se resuelven a través de la maravillosa protección de Dios a través del Gurú.

 

 

 

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