EL DR. LEWIS CONOCE AL MAESTRO – POR EL DR. LEWIS

EL DR. LEWIS CONOCE AL MAESTRO – POR EL DR. LEWIS

La historia que estoy a punto de contar comenzó una tarde de octubre, a última hora de la tarde, cuando salía de mi oficina en Davis Square, Somerville, Massachusetts.

Caminando en diagonal a través de esa plaza, una extraña figura pasó a mi lado. Era una persona que se movía velozmente, vestida con un abrigo naranja, puños y zapatos amarillos, y con un gran turbante naranja en la cabeza. Por supuesto, dado que una figura así no se había visto hasta la fecha en las calles de Somerville, me volví cuando pasó a mi lado y lo vi desaparecer al otro lado de la plaza.

Poco podía imaginar el papel que ese hombre de aspecto extraño iba a desempeñar en mi vida, porque no era otro que el Maestro, en ese momento, Swami Yogananda, de la India, más tarde, Paramahansa Yogananda.

Aunque no conocí al Maestro hasta la Nochebuena del mismo año, la Sra. Lewis le estrechó la mano aproximadamente un mes después de que yo lo viera en Davis Square, en una reunión metafísica en la que él fue el orador invitado. Ella me contó que conoció a esta extraña persona de la India, y discutimos los pros y los contras, pero ahí acabó el tema.

Unos días antes de la víspera de Navidad, una amiga mía, la Sra. Hasey, quien más tarde recibió del Maestro el título de Hermana Yogamata, me llamó por teléfono y me pidió, o sugirió enérgicamente, que hiciera una cita para conocer a Swami Yogananda, que se encontraba en Boston en ese momento. No me impresionó demasiado, pero ella insistió, y como ella y yo habíamos estado trabajando juntos en diferentes organizaciones metafísicas, por fin acepté llamarlo por teléfono y concertar una cita. Eso hice. Y en Nochebuena asistí a mi primera cita con el Maestro en la Unity House, Park Square, Boston, Massachusetts.

No sentía entusiasmo por conocerlo por la sencilla razón de que tenía algunos prejuicios, y también había escuchado muchas historias sobre los faquires de la India y sus extrañas costumbres y hechos. Y yo personalmente no quería ser engañado o embaucado, por así decirlo, por esas personas. Sin embargo, como he dicho, condescendí a encontrarme con el Maestro en este momento.

Y así, lo recuerdo bien, cuando entré por primera vez en su habitación. Me miró con una sonrisita y, por supuesto, yo lo miré con la misma clase de sonrisa, como también para decir que yo estaba allí, pero que no quería que me engañaran, ni que se aprovecharan de mí. Intercambiamos algunos saludos, nos sentamos y comenzamos a discutir varias cuestiones de índole religiosa. Finalmente, le dije: «Señor, he buscado en muchos lugares, en las escrituras, y le he preguntado a muchas personas acerca de pasajes como ‘Si tu ojo fuera único, todo tu cuerpo se llenaría de luz’, y otras similares cuestiones de naturaleza metafísica”. Luego le dije: «No he podido recibir ninguna respuesta, nadie ha podido darme una respuesta satisfactoria, o mostrarme tal luz». Y el Maestro me dijo en ese momento, citando las palabras de Jesús: «¿Pueden los ciegos guiar a los ciegos? Ambos caen en la zanja”.

Estas palabras me impresionaron, porque eran de nuestra Biblia y fue una respuesta razonable a mi pregunta. Yo, siendo estadounidense, por supuesto, dije de inmediato: «¿Ha visto esas cosas? ¿Conoce el Ojo Único?» Y recuerdo que el Maestro dijo: «Eso creo». Y yo dije: «¿Cree que yo podría ver esas cosas?” Y él dijo: “Creo que sí”. Bueno, yo, por supuesto, dije: “Bueno, enséñemelo”. Y entonces sonrió y dijo: “Está bien, solo que en un momento”. Y así hablamos más en la misma línea.

Luego buscó una piel de tigre, la puso en el suelo y se sentó en un extremo, a la cabeza. Y me dijo: «¿Te importaría sentarte frente a mí?». Estaba sentado con las piernas cruzadas y, por supuesto, yo nunca, que yo sepa, me había sentado con las piernas cruzadas en tales circunstancias. Pero dije: «Sí, ciertamente”. Así que de alguna manera me senté, con las piernas cruzadas. Pero les puedo asegurar que no fue la postura del loto.

Y así, mientras estábamos sentados muy cerca, el Maestro me miró directamente a los ojos y dijo: «Doctor: ¿Me amarás siempre como yo te amo?». Bueno, nunca antes me habían hablado de esa manera. Y mientras lo miraba vi algo que nunca antes había visto en nadie. Y entonces rápidamente dije: «Sí, lo haré». Con eso, recuerdo claramente, el Maestro se frotó las manos y dijo: «Eso está bien. Yo me hago cargo de tu vida”.

Bueno, lo que eso significaba en ese momento, no lo sabía, pero al menos sentí que estaba bien. Así que acepté y luego procedimos. Mientras me sentaba frente a él, él calmó mi mente inquieta y colocó su frente contra la mía. Y me dijo que mirara, que levantara los ojos, y mirara el punto entre las cejas, lo cual hice. Y allí, en la Gran Luz del Ojo Espiritual. El Maestro no sugirió nada de lo que vi. No me influyó de ninguna manera a través de sugerencias. Pero lo que vi, vino de forma natural. Estaba completamente consciente, completamente despierto, completamente alerta, y vi el Ojo Espiritual, porque el Maestro calmó las ondas de mi mente y permitió que mi propia Intuición del Alma me mostrara la puerta: el Ojo Espiritual, la luz reflejada del Centro de la médula. Mientras miraba más allá, la Gran Luz Dorada del Ojo Espiritual vino con su centro oscuro interior – representando o manifestando la Conciencia Crística dentro de mí – y finalmente, una pequeña estrella plateada en el centro, el epítome de la Conciencia Cósmica.

Por supuesto, naturalmente me sentí abrumado por haber encontrado a alguien que pudiera mostrarme la realidad interior que está dentro de todos y cada uno de nosotros. Con anterioridad había meditado lo mejor que había podido, siguiendo varias técnicas. Había percibido la Luz alrededor de mi cabeza; a la derecha y a la izquierda; pero no había podido enfocarla. Era algo vago. Pero cuando el Maestro enfocó mi mente y me mostró dónde mirar, me fue posible ver el Ojo Espiritual. Entonces me di cuenta de que él no era una persona común, sino un hombre muy diferente al común de aquellos hombres que profesan saber acerca de tales cosas espirituales.

Hablamos durante unos minutos, y luego una vez más presionó su frente contra la mía, y fue entonces cuando vi la Gran Luz del Loto de los Mil Rayos, la cosa más exquisita que se puede ver, con sus muchos, muchos rayos, como pétalos de plata. Y en el fondo del Loto de los Mil Rayos pude ver perfiladas con una Luz más densa, las paredes de las grandes arterias en la base del cerebro. Y he aquí, mientras observaba, veía pequeñas chispas de Luz dentro de las arterias que oscilaban de arriba abajo, golpeando las paredes mientras pasaban ante mi visión. Estos eran los glóbulos sanguíneos – cada uno con su pequeña chispa de Luz Espiritual o astral manifestándose – mientras cumplían con su deber en el Juego de la Vida de Dios.

Por supuesto, al ver estas cosas maravillosas, me sentí muy agradecido por haber conocido a un hombre de tal realización. Y recuerdo que el Maestro dijo: «Si me permites disciplinarte y sigues con regularidad el camino que establezco, estas cosas estarán contigo siempre». Me he esforzado en hacer eso, y puedo testificar que las palabras del Maestro se hicieron realidad.

Sin embargo, luego me preguntó algo más. Me dijo: «Prométeme una cosa: que nunca me evitarás». Por supuesto, estaba muy contento de prometer eso, después de ver las cosas maravillosas que había visto y de las realizaciones que había tenido. Poco podía imaginarme lo difícil que sería no evitarlo en el difícil terreno de la disciplina. Pero cumplí mi promesa y no lo evité. Y así pude salvarme de mucho sufrimiento y mucho engaño.

Cuando terminó nuestra fiesta espiritual, el tiempo había pasado y ya eran las primeras horas del día de Navidad cuando dejé al Maestro. Siempre había sido mi costumbre estar en casa en Nochebuena, decorar el árbol y estar con la Sra. Lewis y los niños. Pero en este caso, de alguna manera, esas cosas eran secundarias en comparación con el alimento espiritual que obtuve de esa Nochebuena.

Y así, cuando llegué a casa, habiendo esperado estar sólo quizás una hora o dos con el Maestro, la Sra. Lewis me estaba esperando con el famoso rodillo. Pero durante todo el camino a casa, la Gran Luz Espiritual estaba ante mí. Y cuando entré en casa y la vi, recuerdo, claramente, lo enojada que estaba. Y tenía razón para estarlo, pero viendo mi rostro, evidentemente, por el efecto del Bautismo Espiritual que me había dado el Maestro, viendo eso, no fue capaz de causarme ningún problema.

Recuerdo que supuso alrededor de un mes, de cuidadosa intriga bajo la dirección del Maestro, para lograr un encuentro entre ellos, que se hizo en la casa de la Hermana Yogamata. Después de ese encuentro, que requirió sólo unos momentos, se restableció una maravillosa relación entre ellos, y su lealtad y devoción ha sido inquebrantable desde entonces.

Tomado de una charla del Dr. Lewis

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