25 Sep DESPERTAR EN EL ESPÍRITU (1ª parte)- Por Gurukripa Prasad
DESPERTAR EN EL ESPÍRITU – Por Gurukripa Prasad
Una narración de algunas de las historias tradicionales sobre la vida divina de Adi Shankaracharya, el «Swami de los Swamis»
Por Gurukripa Prasad (El autor, nacido en la India y estudioso desde hace años de la tradición espiritual de dicho país, es un miembro kriyaban de larga trayectoria en Self-Realization Fellowship. — Nota del editor)
«¡Oh majestuoso monista, tu vida radiante ha revelado a los devotos la plenitud del Espíritu! ¡Nos inclinamos, nos inclinamos ante ti!», escribió Paramahansa Yogananda en homenaje al ilustre exponente del Advaita Vedanta de la antigua India, Adi Shankaracharya[1].
Explicó que Swami Shankara expuso la enseñanza del Espíritu Supremo como una Bienaventuranza positiva, eterna, omnipresente y siempre nueva, reemplazando así la errónea concepción de que la liberación es un estado de no-ser (extinción), idea que había prevalecido en la India en la época anterior a su nacimiento. El lugar singular que ocupa Shankara en la historia del *Sanatana Dharma* de la India no se debe únicamente a su genialidad intelectual y a la sublime literatura que legó a la humanidad, sino también debido a esta concepción positiva de Dios. Eruditos y buscadores a lo largo de los siglos han reconocido una profunda deuda de gratitud con Shankara por haber despojado a la tradición de superficialidades acumuladas por ignorancia y por haber restaurado el legado del Sanatana Dharma.
Los lectores de *Autobiografía de un yogui* conocen la conexión especial entre el templo de Shankara en Cachemira y la sede central de la SRF en Los Ángeles: Yoganandaji relató que, al contemplar el antiguo templo durante una visita a Cachemira en su juventud, tuvo una experiencia supraconsciente en la que, ante su mirada interior, el templo se transformó en la mansión situada en la cima del monte Washington, donde años más tarde establecería la sede internacional de Self-Realization Fellowship. Aquella extraordinaria visión fue tan vívida —según recordó más tarde— que pudo observar detalles como la escalera interior del majestuoso edificio del monte Washington lugar que desde entonces se ha convertido en un venerado destino de peregrinación para miles de personas de todo el mundo que buscan experimentar esa misma Bienaventuranza que Shankara exaltaba.
Los siguientes relatos sobre la vida de Shankara han sido recopilados a partir de narraciones transmitidas a través de las antiguas biografías *Shankara Vijaya*, así como de las tradiciones hagiográficas orales de India.
«*Bhiksham dehi… Aum bhavati* *Bhiksham dehi* —¡ofrece limosna a este hijo, oh madre!», entonaba Shankara, empleando el saludo tradicional en sánscrito que usan los mendicantes para pedir limosna. Siendo un joven brahmachari[2] de seis años, Shankara había salido por la aldea para practicar el ritual de pedir limosna. Una anciana salió de su casa y, al contemplar su rostro radiante, exclamó con humildad: «Bendito sea, en verdad, el hogar que recibe la oportunidad de ofrecer limosna a brahmacharis como tú. Pero tal es mi destino —querido hijo, sin duda fruto de acciones ignorantes del pasado—, ¡que no tengo nada que ofrecerte!».
Lamentando profundamente su suerte, la mujer le ofreció un pequeño fruto de *amla* (grosella espinosa de la India), algo ácido, que era la única posesión comestible que tenía. Shankara se sintió profundamente conmovido. Al presenciar el dolor en el corazón de la anciana y su estado de extrema pobreza, el niño prodigio compuso un himno y oró fervientemente a la Madre Divina pidiendo una bendición para aquella familia pobre. Atraída por la pura devoción de esta alma elevada, en un resplandor de fulgurante luminosidad, la propia Madre Divina apareció y procedió a explicar amorosamente por qué no podía acceder a su petición, debido al karma acumulado del pasado de la familia.
«Pero Madre —dijo Shankara—, mira la piedad y el amor en el corazón de esta anciana madre, pues ha entregado voluntariamente el único alimento que tenía. ¡Ciertamente, Madre, ella merece Tu perdón!». Shankara continuó exponiendo su dulce lógica. Su persuasión, amorosa e inimitable, terminó por conquistar el corazón de la Madre Divina; pues, ¿cómo podía Ella negarse ante un devoto tan sincero? Se dice que quedó tan complacida con esta amorosa intercesión del niño santo, que borró el karma que ataba a la familia y —para gran asombro de los habitantes del pueblo— aparecieron innumerables frutos de *amla* en su casa, cayendo como una lluvia benévola. ¡Pero se trataba de frutos de oro macizo!
Entre la prolífica obra de Shankara, destacan por su gracia especial los himnos: composiciones que exaltan la gloria del Espíritu en sus múltiples formas. En *Autobiografía de un yogui*, Paramahansa Yogananda escribió: «El gran monista compuso también poemas de amor devocional. Su *Oración a la Madre Divina para el perdón de los pecados* (*Devyaparadha Kshamapana Stotram*) contiene el estribillo: «Aunque hay muchos hijos malos, jamás ha existido una madre mala»».
Al presenciar la difícil situación de quienes sufren, como la anciana en la historia anterior de Shankara, su corazón y su destreza literaria componían de forma espontánea estas exquisitas ofrendas. A lo largo de su vida, fue esta notable amalgama del corazón y el intelecto en Shankara, de hecho, un sello distintivo de las grandes almas, lo que le dio la capacidad de servir a la humanidad con un impacto duradero. Las escrituras dicen: «La devoción suprema (para-bhakti) y la sabiduría suprema (para-jnana)», en los elevados estados de conciencia que conceden, son esencialmente lo mismo.
Los padres de Shankara, Shivaguru y Aryamba, eran cabezas de familia ideales en todos los sentidos: profundos en el saber, libres de orgullo, pacientes como la Madre Tierra misma; pero durante mucho tiempo no tuvieron hijos. Todas las bendiciones materiales de la vida —abundante riqueza, abundantes vacas lecheras y campos fértiles, multitud de amigos y familiares amorosos— no lograron dar suficiente alegría a los corazones afligidos de la pareja. Shivaguru, quien se inclinaba especialmente por una vida de ascetismo, había cumplido con los deseos de su padre de que se casara. Sin embargo, estaba ansioso por cumplir su karma de cabeza de familia en esa misma vida, y sentía que no podía hacerlo sin tener un hijo. Esto lo afligió profundamente y, como resultado, se dedicó a orar fervientemente al Señor Shiva; y después de un largo período de austeridad, meditación y adoración devocional, Shiva se le apareció en un sueño y le dijo: Shivaguru, “Me conmueven tus oraciones, hijo mío. Concederé el deseo de tu corazón, pero tú debes elegir una de estas dos alternativas: «Reflexiona bien, pues puedes tener un hijo omnisciente y virtuoso cuya vida será breve, o bien un hijo que gozará de una vida muy larga pero que no poseerá ninguna virtud ni grandeza particular». Huelga decir que, sin vacilar ni un instante, Shivaguru eligió la primera opción.
Al referirse a la transmisión prenatal de sabiduría que Shankara recibió de sus padres, Paramahansa Yogananda escribió: «El padre de Swami Shankara era un gran sabio y un yogui extraordinario. Mediante su poder yóguico, sintonizó su sabiduría con el subconsciente de su esposa mientras el pequeño Shankara estaba en su vientre. El subconsciente y la supraconciencia de la madre se sintonizaron entonces con los del niño en estado embrionario. De este modo, el conocimiento espiritual y la realización del padre de Shankara se transfirieron automáticamente al bebé aún no nacido. Así fue como Swami Shankara nació con una sabiduría bienaventurada, la cual alcanzó su plena expresión a los cinco años de edad.
La alegría de Shivaguru no conocía límites y consideraba a su familia verdaderamente bendecida por tener un hijo como Shankara. El simple hecho de contemplar a este joven —radiante por su noble carácter y con una conciencia impregnada de pensamientos divinos— bastaba para liberar a hombres y mujeres de su inquietud y de aquellos impulsos oscuros que engendran desdicha. En su presencia, incluso un anciano se sentía impulsado a levantarse y ofrecerle el asiento de honor.
Aryamba también se sentía rebosante de alegría al ver en su hijo una combinación de grandes y excepcionales virtudes. Sin embargo, al percibir en el joven corazón de su hijo un deseo creciente de renunciar a todo y convertirse en *sannyasi*, comenzó a preocuparse. Y cuando, poco tiempo después, Shivaguru falleció, su preocupación no hizo más que aumentar. Hizo todo lo que estuvo a su alcance para disuadir a Shankara de su propósito. «¿Por qué afligirse y sentir tanta inquietud por el futuro?», le preguntó Shankara un día. «¿Acaso no es la naturaleza misma de nuestras vidas pasajeras comparable a la punta afilada de una fina bandera de seda: inmensamente voluble, zarandeada y desgarrada por los vientos traicioneros de este mundo impredecible? En verdad, la vida, dentro de los ciclos fugaces de muerte y renacimiento, es como una breve estancia en un caravasar (posada a lo largo del camino). ¿Quién podría contar cuántas veces hemos hecho todo esto antes? ¿A cuántos niños hemos cuidado? ¿A cuántas esposas y esposos nos hemos unido en matrimonio una y otra vez? ¡Quienes viven ajenos a Dios, sin comprender el propósito divino de nuestra existencia en este mundo, en realidad no viven! Lo que pretendo hacer, en cambio, es poner a Dios en primer lugar en mi vida y servirle a través de todas aquellas personas con las que me cruce. Permíteme, pues, madre, emprender ahora la cuarta etapa de la vida: la del *sannyasi*»
Estas palabras resonaron con dureza en los oídos de Aryamba. Comprendía la verdad que encerraban, pero no podía soportar aceptar su funesto significado. Su corazón, afligido por el dolor, se vio invadido por el temor de perder a su hijo. Con lágrimas en los ojos, dijo: “No, hijo mío, no hables así. ¿No sería mejor que te casaras, tuvieras hijos, cumplieras con los diversos ritos y sacrificios *yajnas* y, ya en la vejez, te convirtieras en asceta? ¿Cómo podría yo vivir sola, perdiendo a mi único hijo a manos del ascetismo? ¡Oh, hijo sabio! ¿Cómo puedes abandonar a tu anciana madre y marcharte? ¿Cómo te permite tu corazón aceptar tal idea? ¿Acaso no sientes amor ni compasión por tu pobre madre, que se encuentra tan desvalida y en tan precaria situación?”.
Shankara guardó silencio. Sentía que necesitaba la bendición de su madre antes de emprender su búsqueda, pero tampoco podía renunciar a su ferviente deseo de abandonar el mundo por Dios. Había que hacer algo. Rogó por recibir ayuda. Y un día, mientras reflexionaba sobre este dilema, Shankara fue a bañarse al río cercano. Apenas hubo entrado en las aguas profundas, un enorme cocodrilo lo apresó por la pierna y comenzó a tirar de él. Shankara gritó llamando a su madre en busca de ayuda. Al ver a su amado hijo a punto de encontrar su fin en las fauces de un terrible cocodrilo, ¡Aryamba gritó incrédula!
«¡Oh, madre! —dijo Shankara—. Este cocodrilo seguramente soltará mi pierna si cuento con tu permiso para renunciar a todo y desprenderme de las cosas de este mundo. ¡Puedo visualizar esa vida para mí, madre, si me otorgas tu bendición!». Aryamba quedó atónita. «Si vive —pensó—, aunque sea como *sannyasi*, tendré la oportunidad de verlo al menos de vez en cuando. Pero si muere, toda mi esperanza morirá con él. No, no; que adopte el *sannyas*, pero, ¡Dios mío, por favor, permite que viva!». Así pues, dio su consentimiento. Y he aquí que ocurrió un milagro: el cocodrilo soltó al muchacho, quien salió del agua ileso. «Ahora, hijo mío —dijo Aryamba—, respeto tu nueva vida de renuncia —gracias a la cual te libraste de un final espantoso—, pero prométeme que, a su debido tiempo, cuando yo esté lista para abandonar este cuerpo, realizarás mis exequias con tus propias manos. ¡Pues si ni siquiera esto llegara a suceder, habría sido en vano haber dado a luz a un hijo!». Shankara accedió a cumplirlo.
[1] Según *Autobiografía de un yogui*: «A menudo se llama a Shankara «Shankaracharya»; *acharya* significa «maestro religioso»». La época en que vivió Shankara es objeto de la habitual controversia académica. Algunos registros indican que este incomparable monista vivió en el siglo VI a. C.; el sabio Anandagiri sitúa sus fechas entre los años 44 y 12 a. C.; los historiadores occidentales ubican a Shankara en el siglo VIII o a principios del IX d. C. ¡Una afinidad que abarca muchas épocas!
[2] * La primera de las cuatro etapas de la vida humana descritas por los *rishis* de la época védica en la antigua India, que comprende: *brahmacharya* (vida de estudiante célibe), *garhasthya* (vida de cabeza de familia casado), *vanaprastha* (retiro y contemplación) y *sannyas* (vida monástica).
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