15 Oct Unir al mundo en paz y armonía (2ª parte) – Hermana Ranjana
Unir al mundo en paz y armonía (2ª parte) – Hermana Ranjana
Sé lo que algunos de ustedes podrían estar pensando: ‘Bueno, probablemente yo no sea capaz de eso’. Pero ustedes ya son hijos divinos e infinitos de Dios. Y cuando aplican los principios que Guruji nos ha dado, estos activan y despiertan nuestra alma en mayor medida, permitiendo que ese poder se manifieste. Al hacerlo, nos servimos a nosotros mismos y a los demás de la manera más elevada; lo logramos mediante una vida recta y la meditación. Paramahansaji dijo: ‘Los ciudadanos espiritualmente ejemplares consideran su deber positivo contribuir a la armonía, el bienestar, la paz y la prosperidad del mundo, rigiendo sus vidas según los Diez Mandamientos y los principios de yama y niyama del sendero óctuple del yoga'». En una ocasión, Guruji comentó que era una lástima que se les llamara «Diez Mandamientos», ya que a la gente no le gusta que le ordenen qué hacer. En realidad, se trata de pautas para despertar nuestra conciencia, de señales que nos conducen de regreso a Dios. Yama y niyama son los dos primeros pasos del óctuple sendero de Patanjali, el cual nos guía hacia esa unión divina con Dios. Así pues, estas son las normas de lo que se debe y no se debe hacer. Yama consiste en evitar las acciones inmorales, absteniéndose de causar daño a los demás, de la falsedad, del robo, de la lascivia y de la codicia.
Paramahansa Yogananda decía que estos preceptos deben entenderse en toda la amplitud de su significado. Abarcan la totalidad de la conducta moral. Gracias a ellos evitamos las dificultades fundamentales, el sufrimiento, el karma y todos aquellos obstáculos que surgen en nuestro camino hacia Dios. Al resistirnos a aquello que contraviene la ley espiritual, neutralizamos los efectos kármicos de errores pasados. Por otro lado, los niyamas consisten en realizar acciones que generan paz y bienestar, e incluyen la pureza del cuerpo y de la mente. Ciertamente, en el mundo actual requiere esfuerzo poner esto en práctica. No es que sean difíciles de comprender, pero mantener la pureza de cuerpo y mente, o el contento en toda circunstancia —es decir, no basar mi felicidad en los acontecimientos externos, pase lo que pase—, no resulta necesariamente sencillo. Se trata de crear un entorno interior tan firmemente anclado en Dios que lo externo ya no tenga ningún impacto en mí. También implican autodisciplina y autoestudio —que conlleva contemplación y devoción a Dios. Paramahansa Yogananda afirmaba que estas prácticas dotan al yogui de un ejército de autodisciplina espiritual positiva para vencer a los batallones del mal, de las actitudes que generan sufrimiento y de los efectos del mal karma pasado. Así pues, los yamas y niyamas constituyen el fundamento de nuestra vida espiritual. Es muy simple: cuando actuamos correctamente, nuestro cuerpo y nuestra mente entran en armonía con la ley divina. Nos sentimos felices y experimentamos ese contento interior; además, desarrollamos la capacidad de profundizar en prácticas espirituales que nos conducen, cada vez más, a una mayor conciencia de la presencia de Dios. Y, tal vez lo más importante, nos hacen receptivos a las bendiciones y al amor de Dios.
Recuerdo a un hombre llamado Patrick que me contó cómo, durante gran parte de su vida, luchó contra la tendencia a enfadarse; se irritaba e impacientaba fácilmente con los demás. Él contaba que, cuando ocurrían situaciones que desencadenaban esa reacción, en el momento siempre se sentía justificado; sentía que, efectivamente, aquella persona no debería bloquear el pasillo del supermercado con su carrito, o que un compañero de trabajo no debía interrumpirlo cuando él quería ocuparse de otra parte del proyecto por su cuenta. Sin embargo, decía que cada vez que tenía esa reacción, después se sentía mal al respecto. Empezó a analizarlo y se dio cuenta de hasta qué punto estaba condicionado por esas pequeñas cosas que le provocaban tal irritación. Quería cambiar, pero la situación se repetía una y otra vez. Se despertaba por la mañana pensando: «Vale, hoy no voy a dejar que nada me moleste». Pero, casi de inmediato, ocurría algo y volvía a alterarse y enfadarse. Y aquello que más le irritaba era también lo que más culpa le hacía sentir después: la relación con un anciano que vivía en la casa de al lado. Era un hombre que vivía solo y se sentía aislado; solía pasar mucho tiempo sentado en el porche. Siempre que Patrick salía de casa, el hombre se acercaba para charlar con él. Patrick confesaba que apenas lograba ser cortés, ya que simplemente no tenía ganas de perder el tiempo en conversaciones triviales con aquella persona; lo que quería era seguir con lo que estaba haciendo. Patrick aparcaba el coche en la entrada de su casa y tenía la costumbre de salir corriendo, subirse al vehículo en el último momento e intentar llegar puntual al trabajo; casi siempre llegaba justo a tiempo. Hacía esto todos los días. Y se dio cuenta de que, al llegar al trabajo, siempre estaba algo… ya sabes, alterado; estaba tenso y le resultaba más fácil irritarse con sus compañeros. Así que decidió que había dos cosas que debía hacer. Una: iba a empezar el día 15 minutos antes para poder salir de casa 15 minutos antes, ir a un ritmo normal, llegar al trabajo y estar relajado, mantener la calma y, en segundo lugar, ser amable con todo el mundo. Así que, a la mañana siguiente, salió de casa con quince minutos de antelación y estaba a punto de subir al coche cuando se le acercó el vecino —un vecino al que le encantaba hablar— y le dijo: «Oye, Patrick, ¿tienes un minuto?». Lo primero que pensó Patrick fue que, para esa persona, el concepto de «un minuto» no existía. Pensó: «No, he decidido ser paciente y amable». Así que se quedó allí mientras el anciano explicaba su idea: si todos en el bloque contrataban a alguien para cortar el césped y esa persona lo hacía en un par de días —ocupándose de todos los jardines—, el vecindario luciría impecable. Patrick ya sentía que la irritación empezaba a apoderarse de él; sin embargo, permaneció allí y, aun sintiendo cómo crecía su molestia, se dio cuenta de que el anciano estaba siendo muy amable, pues el césped de Patrick estaba en pésimas condiciones. Los jardines de los demás se veían bastante bien, pero él casi nunca cortaba el suyo. El anciano intentaba, de manera cordial, traer armonía al bloque —ya que nadie estaba contento con el estado del jardín de Patrick— proponiendo que alguien más se encargara de la tarea. Aun así, la ira era más fuerte en él. Logró no decir nada, pero el enojo seguía ahí, muy intenso. Al cabo de quince minutos, el vecino terminó de hablar, le deseó un buen día a Patrick y se marchó. Patrick confesó que sentía ganas de gritar. Empezó a preguntarse por qué no había dicho amablemente: «Tengo que irme al trabajo; ¿podemos hablar esta tarde cuando regrese?». Pero se dio cuenta de que la ira le nublaba el juicio y que estaba totalmente dominado por sus emociones; por eso no sucedió así. Siguió lidiando con esta lucha durante un tiempo hasta que, un año después, se inició en las enseñanzas de Self-Realization Fellowship y se inscribió en sus lecciones. Comentó que, con el paso de los años, ni siquiera se había dado cuenta de que ya no se enfadaba; sentía… …ese interés sincero por los demás. Él los escuchaba. Se sentía tranquilo. Se sentía en paz. Y simplemente sentía que su corazón se expandía y deseaba estar ahí para otras personas. Fue un cambio radical, pero una transformación gradual en su interior. Y decía que una de las cosas que más agradecía era haberse hecho buen amigo de su vecino anciano mientras este aún vivía. Y, si lo pensamos bien, cuando nos esforzamos, Dios nos ayuda. No deberíamos obsesionarnos con analizar si hemos acertado o no, porque Dios no hace eso; Él solo nos pide que hagamos lo mejor que podamos. En las enseñanzas —en las lecciones de SRF—, Él nos ofrece muchísimas formas maravillosas de vivir como un alma, como un hijo de Dios. Y si alguna de ellas resuena especialmente con nosotros, debemos tomarla y aplicarla día tras día; dejar que pase a formar parte de nuestro propio ser. Así es como cambiamos. Dios intenta ayudarnos en todo momento; de hecho, nos ayuda. Pero no debemos resistirnos a su ayuda. Paramahansaji decía: «Dios, sus ángeles e innumerables buenos espíritus y fuerzas espirituales tratan de establecer la armonía divina en el ser humano y en su entorno cósmico. Toda cualidad benéfica es creada por un agente divino de Dios. Estas fuerzas espirituales implantan constantemente pensamientos nobles en la mente humana». Ahora bien, como vivimos en un mundo dual, Satanás siempre está sembrando el caos e intentando apartar nuestra conciencia de Dios. Cuando nuestro deseo sincero de conocer realmente a Dios se vuelve muy intenso, es entonces cuando Él nos guía hacia una enseñanza auténtica y completa de formación espiritual, transmitida por un maestro o un linaje de maestros. Las lecciones de la SRF nos enseñan a vivir en este mundo como hijos de Dios.
Cómo vivir en este mundo como un ser divino. Esa es nuestra verdadera naturaleza. Y eso es lo que Dios desea y trata de ayudarnos a manifestar. Cada día, en cada momento en que creamos esa pequeña apertura en nuestro interior, recibimos esa ayuda. Paramahansaji dijo: «Si estableces este vínculo interior secreto con los maestros a través de las enseñanzas de Self-Realization Fellowship, entonces —según la profundidad de tu sintonía— hallarás también protección divina, sanación, una dicha inagotable, comunión y sabiduría infinita en esta vida». En esta vida; no en el futuro, sino ahora. Al examinar las lecciones de SRF que imparte Paramahansa, vemos que nos ofrece la clave de nuestra liberación mediante las técnicas de meditación Kriya Yoga. Él afirmó: «Estas técnicas son más importantes y eficaces que cualquier otro método enseñado anteriormente». Estas conclusiones no son afirmaciones dogmáticas; se han alcanzado comparando y comprobando los métodos de SRF con todos los demás métodos en el templo de la meditación. ¿Quién más podría hacer una declaración semejante? Es imposible expresar el valor de lo que hemos recibido, pues supera a cualquier otra cosa en este mundo; a cualquier cosa. Por ello, el esfuerzo sincero por practicar estas técnicas —junto con una vida recta, tal como se describe en las lecciones de Paramahansa— es lo que debemos hacer lo mejor posible. Él nunca nos pide que seamos perfectos; simplemente nos dice que hagamos lo mejor que podamos y dejemos los resultados en manos de Dios. Eso no nos corresponde a nosotros. Nuestra parte consiste únicamente en hacer lo que esté a nuestro alcance y luego entregárselo a Dios. Si actuamos así, inevitablemente haremos aflorar la divinidad que reside en nuestro interior, en cada uno de nosotros. Y, al establecer esa relación con Dios, nuestra atención deja de centrarse en nosotros mismos. Es la única manera de lograrlo: si estamos llenos del «yo», no podremos estar llenos de Dios. Pero cuando esas cualidades divinas comienzan a manifestarse cada vez más hacia el exterior en nuestra vida cotidiana —y el enfoque ya no está en el «yo», en lo que quiero o en lo que pienso—, se produce una expansión; surge una apertura natural, una expansión del corazón, un deseo de ayudar a los demás, de servir, de que todos sean felices y estén bien. Queremos dar. Queremos servir. Queremos ayudar. Y queremos recordar que el valor de hacer algo por los demás no reside en la magnitud de la acción, sino en cuánto lo hacemos desde el corazón; simplemente dar sin esperar nada a cambio. Esa es la vibración que proviene del alma: el dar, el servir, el ayudar. La alegría es nuestra recompensa: la alegría que sentimos en nuestro interior, la alegría de ofrecérselo a Dios, al Dios que habita en cada uno de nosotros.
Me gustaría dar algunos ejemplos de actos cotidianos sencillos que reflejan esa generosidad espontánea. Hubo un partido de béisbol en el que una jugadora se lesionó mientras corría por las bases; entonces, dos jugadoras del equipo contrario la ayudaron a recorrer el camino hasta el “home” para que pudiera anotar la carrera. También está el caso de un hombre llamado Dan que, dos veces por semana, va al centro oncológico local y compra una taza de café para cada paciente, cada enfermero y cada médico. Y en el escaparate de una tintorería hay un letrero que dice: «Si está desempleado y necesita ropa limpia para una entrevista, se la limpiamos gratis». Es esa conciencia de los demás, la percepción de que existe una necesidad y de que hay algo que podemos hacer. A veces, basta con escuchar a alguien, con hacerle saber: «Sí, me importas; estoy aquí». Cuanto más nos olvidamos del pequeño «yo», más expresamos nuestra alma. Cuanto más expresamos nuestra alma, más alegría sentimos; y más difundimos esa paz y armonía que emana de nosotros. Se disemina en el éter, repercute en los demás y los ayuda. Para terminar, estas palabras provienen de Paramahansaji: La dicha del contacto con Dios nunca pierde su frescura. Él es gozo eterno. Dios me ha hecho inmensamente feliz. Él es el único refugio seguro frente a las tormentas de este mundo. Busca amparo en Él con todo el anhelo de tu corazón. Por su gracia, obtendrás la paz suprema y el refugio eterno. En Él he hallado el gozo de mi vida, la dicha indescriptible de mi existencia y la maravillosa vivencia de su omnipresencia justo en mi interior”. Y esto es válido para cada uno de nosotros. Estamos destinados a experimentar su presencia en lo más profundo de nuestro ser. Una forma poderosa de servir es a través del Círculo Mundial de Oraciónes. Cuando Paramahansaji vivía en su cuerpo físico, cada mañana, en profunda meditación, invocaba las bendiciones de Dios para todos aquellos que solicitaban su ayuda y les enviaba energía sanadora mediante la técnica —sencilla pero sumamente eficaz— que practicaremos juntos. Más adelante, Paramahansaji pidió a los monjes y monjas que se unieran a esta labor de servicio al mundo; así nació el Consejo de Oración de Self-Realization Fellowship. Con el paso del tiempo, él expresaba a menudo su deseo de que los miembros y amigos de SRF de todas las tierras sumaran sus oraciones, creando así un círculo mundial de oración. Desde la creación de este círculo mundial, las oraciones elevadas por participantes de todo el planeta han contribuido a generar una creciente oleada de poder divino que envuelve al mundo en armonía, buena voluntad y paz. Quizás pienses: «Bueno, eso no es lo que veo en las noticias». Sin embargo, las noticias solo nos muestran una perspectiva parcial y sesgada, ocultando gran parte del bien que está ocurriendo. A veces no resulta evidente, pero se está gestando una poderosa corriente de fondo; nosotros contribuimos a ella cada vez que oramos con sinceridad, cada vez que dirigimos nuestros pensamientos y nuestra mente a enviar esa luz y esa energía sanadora a otras personas en todo el mundo. Es algo sumamente poderoso. Sri Daya Mata, expresidenta de la SRF, dijo: «Cuando las personas emiten pensamientos positivos y concentrados de paz, amor, buena voluntad y perdón —como en la técnica de sanación utilizada por el círculo mundial de oraciones—, esto genera un gran poder. Si las masas hicieran esto, se crearía una vibración de bondad lo suficientemente poderosa como para cambiar el mundo”. Y eso es lo que estamos haciendo. Nunca subestimen su contribución. Guruji nos necesita a cada uno de nosotros. El Hermano Chidananda lo expresó finalmente en su conmovedor discurso durante la última Convocación: el mundo los necesita. Así que cada uno de nosotros está contribuyendo a ello. Dediquemos, pues, un par de minutos a orar profundamente por todos aquellos que han solicitado oraciones, por todos los que pasan necesidad en este momento y por la paz en el mundo.
Pongámonos de pie para el servicio de sanación y la oración final. “Padre Celestial, Tú eres omnipresente. Tú estás en todos Tus hijos. Manifiesta Tu presencia sanadora. En sus cuerpos, mentes y almas. Levanten las manos. Cantemos OM por sus cuerpos. Cantemos OM por sus mentes. Cantemos OM por sus almas. Y cantemos OM enviando vibraciones sanadoras de paz y armonía a todo el mundo. Padre Celestial, Madre, Amigo, Amado Dios, Jesucristo, Bhagavan Krishna, Mahavatar Babaji, Lahiri Mahashaya, Swami Sri Yukteswar y nuestro gurú Paramahansa Yogananda, santos de todas las religiones, Os reverenciamos a todos. Amado Dios, paz para mí mismo. Paz para mi familia. Paz para mi nación. Paz para mi mundo. Paz para mi cosmos. OM, paz. Amén. Recuerden, siguan con lo que están haciendo, nunca se desanimen. Ya saben, decidimos: «Voy a hacer algo como Patrick», y entonces, miramos atrás y nos vemos caer. A todos nos pasa. Es parte de este plano de ilusión, ya sabes, pero nos hace más fuertes. Nos hace humildes. Nos hace comprender que no podemos lograrlo sin ayuda. Necesitamos a Dios y al gurú para ser libres. La ilusión es demasiado poderosa. Pero no analices el esfuerzo que realizas; simplemente hazlo. Es una vibración elevada; nos ayuda a nosotros y ayuda a los demás. Así que no permitas que la ilusión se infiltre ni por un instante. Simplemente sigue adelante. Sigue adelante. Así fue como los santos alcanzaron a Dios: cometieron muchos errores, pero nunca permitieron que eso los detuviera. Siempre cuentas con la ayuda de Dios y del gurú. Simplemente permíteles entrar más en tu vida. Pídela su ayuda. Pídela una y otra vez, y ellos te la brindarán.
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